Desde la propia Fundación de la Real Villa (esto es, desde los mismos comienzos de la vida de Puerto Real como entidad administrativa y como tal comunidad identitaria, como cuerpo social articulado en torno a la Fundación regia de 1483, con el nombre de “Puerto Real”) nuestros monumentos más antiguos se han venido abrazando con los que les han ido acompañando y sucediendo en el tiempo sobreviviendo a la a veces demasiado árida “caricia” de los siglos, en un baile secular en el que se muestran y se hacen palpables con claridad las claves de los modelos sociales que han precedido al actual, al nuestro, caso de la sociedad estamental anterior a la revolución industrial cuyas raíces se adentraban profundamente en un horizonte cultural en el que la base de la riqueza, las actividades de carácter primario (como la agricultura), eran al mismo tiempo raíz y esencia del ordenamiento social (y con ello de todo lo demás), de la referida sociedad estamental que gestaría y daría forma a la mayor parte de nuestros edificios históricos y monumentales.
Hablamos, así pues, de cómo nuestros monumentos (no los monumentos considerados en abstracto, sino los nuestros, los edificios históricos de Puerto Real) son un reflejo -generalmente- pétreo (artístico, estético, pero también icónico, intelectual) de una determinada y concreta forma de pensar, de una determinada manera de concebir el mundo, de una determinada ideología, de una determinada moral colectiva.
Nuestros monumentos arquitectónicos, nuestros hitos patrimoniales monumentales edilicios no son (como no lo es la misma trama urbana de la ciudad histórica, esa trama en damero que constituye un valor en sí misma y una de las señas de identidad mayores de nuestro Patrimonio Histórico local, sobre la que hemos tratado en varias ocasiones y a la que habremos de volver sin duda) unos meros elementos abstractos (y que puedan o deban ser considerados como tales, más allá de lo material), sino la manifestación de una cosmovisión concreta, de una moral (entendida esencialmente como mos maiorum, como “costumbre de los antepasados”, en un sentido latino, romano) concreta, de la forma de pensar, sentir y entender el mundo de las personas que los edificaron, de la sociedad que los construyó, de los seres humanos que los pensaron, los concibieron, los planificaron y los levantaron, hace siglos, queriendo apuntalar (y expresar) con ellos un mundo, el mundo que los vio nacer (a los monumentos y a quienes los levantaron).
Siempre insistimos en que conviene, de vez en cuando al menos, detenernos siquiera un momento y alzar la cabeza del suelo, levantar la vista del elemento concreto, para mirar hacia adelante y en derredor, y hacia lo alto, de modo que podamos, aunque sea alguna vez, considerar el conjunto de las cosas, y no el caso particular y falsamente aislado, y decimos falsamente porque no hay nada aislado en la creación humana, en las sociedades humanas, en la Historia de la Humanidad. Y nuestros monumentos no son una excepción.
Como venimos señalando, la imagen de una ciudad (la imagen de sí misma que proyecta una ciudad hacia el exterior, así como igualmente la imagen, el concepto, la idea, que una ciudad, entendida como el conjunto de sus ciudadanos, tiene de sí misma) tiene absolutamente todo que ver con su propia Historia, con su presente (espejo de sus virtudes y defectos) y con su pasado.
De este modo y por ello, la imagen que una ciudad proyecta y el concepto que tiene de sí misma (esto es, la forma en que una ciudad se presenta hacia el exterior y la forma como se concibe a sí misma) guarda una íntima relación con el modo que tienen los habitantes de dicha ciudad de concebirse, de comprenderse, de explicarse a sí mismos como una comunidad en el tiempo y el espacio, y con la forma que tiene dicha comunidad humana (dicha civitas) de entender a la ciudad (igualmente, la civitas, esto es, de entenderse a sí misma) en el tiempo y el espacio.
Se trata de que la realidad de una ciudad (sea desde una perspectiva diacrónica o sincrónica, esto es, ya se trate de considerar la evolución de la misma en el tiempo o de atender a un momento concreto de su historia) depende en buena medida de sus ciudadanos, de la evolución y el devenir de esa comunidad a lo largo del tiempo, lo que no excluye ni circunstancias puntuales, ni cuestiones estructurales, ni a los gestores de dicha comunidad, ya sean miembros de la misma en un sistema democrático contemporáneo o rectores de la civitas en el contexto de un sistema social como el del Antiguo Régimen, por citar dos modelos que no son los únicos que han sucedido en el tiempo y en el espacio europeos.
Esto es algo a lo que no se sustrae, como es natural, Puerto Real, y es algo, además, que no excluye en absoluto el papel desempeñado en el desarrollo de nuestra Historia por los avatares sobrevenidos, los accidentes históricos, las situaciones puntuales, siendo algo también, en fin de cuentas, que tiene mucho que ver (no puede ser de otro modo) con las múltiples cuestiones de naturaleza estructural y de diversa índole (geográficas, históricas, económicas, sociales, culturales, tradicionales, incluso climáticas) que se conjugan a la hora de ayudar a narrar el discurso histórico de una determinada comunidad, de una determinada civitas, de una determinada ciudad, y a todo ello no es ajena, tampoco (no puede serlo de ningún modo), la historia particular de la Real Villa.
Las piedras (dicho en un sentido metafórico tanto como físico), los monumentos, los jalones patrimoniales de naturaleza cultural e histórica que dan forma a los perfiles de la silueta de una determinada civitas, de una ciudad dada, por ejemplo, Puerto Real, no son un accidente en la historia de esa ciudad, sino el reflejo (siempre mermado, pues el tiempo no perdona) de las señas de identidad, de algunas de las señas de identidad de esa ciudad a lo largo del tiempo.
Esas “piedras” (esto es, los monumentos, los edificios monumentales) son, dicho de otro modo, un reflejo material en el espacio del devenir de la ciudad en el tiempo. Y son de todos, porque pertenecen al acervo cultural de la comunidad que los ha creado; ya recogimos en su día sobre este término, el de “acervo”, lo que dice la RAE: “Del lat. Acervus, montón”; y tomamos además ahora los dos primeros significados que el Diccionario de la misma Real Academia Española de la Lengua nos presenta: 1.m. Conjunto de valores o bienes culturales acumulados por tradición o herencia. 2.m. Haber que pertenece en común a varias personas, sean socios, coherederos, acreedores, etc.
Señalaremos, a modo de conclusión de estas líneas de hoy (seguiremos adelante con el tema en los párrafos por venir) cómo con vistas a la mejor comprensión integral de la realidad de una ciudad, ya sea por parte de los visitantes ajenos a la misma, ya sea por parte de los propios integrantes de la comunidad estable de la propia ciudad (una comunidad integrada tanto por nativos como por residentes permanentes o por personas en tránsito pero asentadas en la misma durante el suficiente tiempo -sea esta noción de “suficiente” la que sea, desde una perspectiva emocional, relacionada con los horizontes sentimentales de esa comunidad- como para sentirse adscritos a la misma, integrados en la misma), es tarea imprescindible la divulgación, en todos los sentidos, en todos los aspectos y en todos los terrenos, de los valores positivos de esa misma ciudad, de esa misma civitas, una tarea a la que ni es ni puede ser ajeno en absoluto todo lo relativo a los campos de la Historia y del Patrimonio Cultural (en sus muy diversas facetas, como la monumental, la histórica, la arqueológica, la artística, la inmaterial…).